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Educar no es memorizar: el ajedrez frente a los retos educativos actuales

Actualizado: 6 jun


Pensar, crear y resolver: las habilidades que la escuela del siglo XXI necesita formar


UNA OPORTUNIDAD EDUCATIVA PARA MÉXICO

 

México no enfrenta solamente una crisis de aprendizaje.

Enfrenta una pregunta más honda, más incómoda y más urgente: qué tipo de inteligencia estamos formando en nuestras niñas, niños y jóvenes.


Durante años hemos hablado de calificaciones, evaluaciones, plataformas digitales, infraestructura y programas de mejora. Todo eso importa. Pero debajo de esos temas hay una cpregunta decisiva: ¿la escuela está ayudando a los estudiantes a detenerse, a mirar, comprender, decidir y hacerse responsables de sus decisiones?. Claramente que no, porque no basta con acumular información. El mundo ya está saturado de ella. Lo difícil, lo verdaderamente formativo, es aprender a distinguir, a ordenar, a anticipar, a medir consecuencias, a reconocer al otro y a actuar con lucidez en medio de la presión.

Ahí aparece el ajedrez con su fuerza silenciosa.

No como ornamento escolar.No como pasatiempo elegante.No como actividad reservada para niñas y niños “dotados”.No como entrenamiento para fabricar certamenes deportivos.


El ajedrez importa porque instala, en un espacio pequeño y accesible, una de las experiencias humanas más necesarias: la obligación de pensar antes de actuar.

Un tablero coloca frente al estudiante una situación clara: hay reglas, hay libertad, hay límites, hay consecuencias. Cada movimiento abre una posibilidad y cierra otras. Cada impulso puede costar. Cada descuido deja huella. Cada error puede volverse aprendizaje si se mira con honestidad.

Esa es su potencia educativa.


En una época que empuja a responder de inmediato, el ajedrez enseña a esperar.En una cultura que muchas veces premia la reacción, enseña a observar.En un entorno donde la distracción se ha vuelto costumbre, enseña a sostener la atención.En una sociedad marcada por la prisa, enseña que decidir bien exige tiempo interior.


Por eso su valor no se agota en las piezas ni en la partida. El ajedrez es una forma de relación con el pensamiento. Obliga a mirar el conjunto, no sólo el deseo inmediato. Invita a imaginar lo que todavía no ocurre. Enseña que la inteligencia no consiste en tener siempre la razón, sino en revisar, corregir, aprender y volver a intentar.


En las escuelas públicas mexicanas, esta dimensión adquiere una importancia especial.

Millones de estudiantes viven rodeados de dificultades que no siempre se resuelven con más contenidos: dispersión, ansiedad, impulsividad, baja confianza, poca tolerancia a la frustración, escasos espacios para la concentración profunda y pocas oportunidades para descubrir que pueden resolver problemas complejos con sus propios recursos.


El ajedrez no sustituye a los maestros. No reemplaza las políticas públicas. No corrige por sí solo las desigualdades educativas. Pero puede convertirse en una experiencia sencilla, poderosa y profundamente democrática: un niño frente a otro niño, ambos bajo las mismas reglas, ambos obligados a pensar, ambos con la posibilidad de encontrar una respuesta propia.


En el tablero, el origen social no mueve las piezas.El apellido no decide la partida.El dinero no calcula variantes.La fuerza física no impone ventaja.La apariencia no resuelve el problema.


Cuenta la atención. Cuenta la paciencia. Cuenta la memoria. Cuenta la imaginación. Cuenta la capacidad de reconocer el error y seguir pensando.


Ese mensaje tiene una enorme fuerza en un país atravesado por desigualdades. Porque en el ajedrez, cada estudiante puede experimentar algo que la educación pública debe defender con mayor convicción: la posibilidad real de descubrirse capaz.



He visto ese cambio muchas veces. En comunidades urbanas, rurales y marginadas. En niñas y niños que al principio sólo miran las piezas con desconfianza y después descubren que pueden anticipar, construir una idea, defenderla, perderla, corregirla y volver a empezar. Ese instante, cuando un estudiante comprende que su pensamiento tiene valor, no es menor. Puede modificar la relación que tiene consigo mismo.


La educación también consiste en eso: en abrir una puerta interior.

No se trata únicamente de enseñar materias. Se trata de formar personas capaces de habitar mejor el mundo. Personas que no reaccionen siempre desde el miedo, la prisa o el enojo. Personas que aprendan a mirar antes de juzgar, a escuchar antes de imponer, a decidir antes de destruir, a reconocer que toda acción produce consecuencias.


El ajedrez, con su antigua sencillez, permite trabajar todo eso sin convertirlo en discurso moral. Lo hace jugando, pensando, confrontando posibilidades, respetando reglas, aceptando pérdidas, reconociendo méritos y aprendiendo que incluso una posición difícil puede transformarse si se conserva la claridad.


Esa es una lección educativa, pero también una lección de vida pública.

México necesita estudiantes que lean mejor, que calculen mejor, que comprendan mejor. Pero también necesita estudiantes que sepan esperar, dialogar, analizar, disentir, cuidar una decisión, respetar límites y construir futuro. Ningún país puede sostener una democracia fuerte si no forma ciudadanos capaces de pensar con independencia y actuar con responsabilidad.


Por eso incorporar el ajedrez en las escuelas públicas no debe verse como un gesto menor. Debe pensarse con seriedad, con método, con maestros preparados, con acompañamiento pedagógico, con materiales adecuados y con una visión amplia de sus alcances. No como una moda. No como una ocurrencia. No como una actividad aislada para llenar horarios. Sino como parte de una política educativa que comprenda que enseñar a pensar es una tarea central de la escuela.


Su ventaja es evidente: es accesible, económico, adaptable, intergeneracional y universal. Puede dialogar con las matemáticas, la lectura, la historia, la ética, la convivencia, la memoria, la atención y la imaginación. Pero su mayor valor no está en esa versatilidad, sino en algo más profundo: coloca al estudiante frente a la experiencia de decidir.

Y decidir bien es una de las formas más altas de la educación.


México tiene millones de niñas, niños y jóvenes con talento. Lo que muchas veces falta no es capacidad, sino oportunidades para descubrirla, ejercitarla y convertirla en confianza. El ajedrez puede ayudar a eso. Puede ofrecer una experiencia concreta donde el estudiante comprenda que pensar transforma una posición, que la paciencia abre caminos, que el error enseña, que la derrota no cancela el aprendizaje y que la inteligencia crece cuando se trabaja.



Quizá por eso el ajedrez ha sobrevivido durante siglos. No porque sea un juego antiguo, sino porque toca una fibra permanente de la condición humana: la necesidad de elegir con sentido.


Llevarlo a las escuelas públicas mexicanas no significa llenar las aulas de tableros. Significa abrir un espacio para que miles de estudiantes aprendan, desde pequeños, que antes de mover hay que mirar; que antes de responder hay que comprender; que antes de actuar hay que pensar.


Y una nación que enseña eso a sus nuevas generaciones no sólo mejora su educación.

Mejora su manera de imaginar el futuro.

 


Por Hiquíngari Carranza Torres

Presidente de la Fundación Kasparov de Ajedrez para Iberoamérica

 
 
 

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